Odio los aeropuertos… y las despedidas. Odio las mentiras -tan piadosas como patéticas- que improvisamos cuando la cobardía y la congoja nos atenazan, cuando presentimos que, probablemente, será lo último que le digamos a… ¿a quién? ¿para quién hablamos realmente en esos instantes? Quizá para nosotros mismos. Quizá sea la primera (y a todas luces insuficiente) pátina de autoprotección frente al dolor, una coraza de papel mojado que nos muestra aún más ridículos y vulnerables. Quizá.
Me aterran los finales. Tal vez por ello siempre me he flagelado con el autoengaño de llamar punto y seguido a algo que sabía fehacientemente que era definitivo. O acaso soy un inconformista, o un loco, o un insensato, o un soñador, o un romántico… o –lo más probable, lo más realista- es que simplemente soy simple, tontito… y no he comprendido aún que, cuando levantas demasiado los pies del suelo, la caída es más dura.
Odio los contestadores, las llamadas perdidas, los e-mails sin respuesta… que me dejan un desconsolador regusto a vacío y a soledad, virtuales y reales, absurdos y dolorosos. Me hiere, me araña el alma, no puedo soportar la impotencia de la incomunicación.
No sé si sólo me pasa a mí, pero muchas veces tengo el extraño convencimiento de que lo borroso no son los recuerdos: lo borroso es el presente. Tal vez se deba a que entrecierro los ojos porque me asusta lo que pueda encontrar… Creo que perdí la brújula y la autoestima más o menos al mismo tiempo.
Me encrespa la amistad sólo de copas, sólo de risas, sólo de “a ratos”. Me encrespa… y me duele, me enrabieta y me desalienta el insolidario, cobarde y vertiginoso efecto dominó de cabezas escondidas en la arena y oídos sordos ante el sufrimiento ajeno.
Sensaciones conocidas, recuerdos recurrentes, crueles, inevitables… que me hostigan, me acobardan… me ahogan. Me angustia el sonido incisivo y penetrante de esa puerta que se cierra a tu espalda… y sabes que no la volverás a atravesar. Ese obstinado silencio que sigue al adiós y precede al llanto más desgarrador. Me mata el sabor amargo de ese último beso… sobre todo al tomar consciencia de que, efectivamente, ha sido el último. Ese beso que jamás quisieras dar ni recibir. Ese beso que te lleva inexorablemente al dolor más brutal e inconsolable.
Cuántas mañanas despierto con los nervios a flor de piel, el corazón en pausa y cara de gilipollas. Cuántas mañanas reniego del despertador, de la luz que se cuela por las persianas, de la puta vida misma. Cuántas mañanas maldigo a ese destino, que no existe pero jode. Pero el corazón, por su cuenta y riesgo, decide seguir andando y… bah, qué remedio…
He cambiado muchísimo. No me reconozco. Me avergüenzo de mí mismo. No sé quién soy, ni dónde estoy ni adónde voy. Sufro ansiedad, una ansiedad intensa y aguda que me hace sentir que cada día muero un poquito. Soy extremadamente débil. La soledad y el silencio me provocan auténtico pánico. Me siento perdido, desorientado y profundamente triste. Odio esta presión que me destroza el pecho. Tengo miedo.
Hoy, un martes cualquiera, un martes más… no soy feliz.